Cada. Maldita. Vez.
Me encanta decir:
—¡No lo voy a hacer, y no puedes obligarme!
Mi madre siempre responde al momento:
—¡Ah, sí que lo harás!
¿Y adivináis qué?
Siempre Gana.
Cada.
Maldita.
Vez.
Por eso acabo en el cole todos los días. No falto ni
uno.
En clase me siento al lado de Pipino, el malote del
cole. Nadie se atreve a reírse de su nombre. Justo
delante está Coco, la más lista de todos. Seguro
que tiene dos cerebros. O más. ¡Y encima juega al
fútbol que flipas!
Yo no soy alto ni fuerte. Tampoco llevo gafas ni
brackets. Aunque la verdad, creo que molarían. Te
dan un punto diferente.
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Odio la palabra “compartir” (claramente inventada
por adultos para fastidiarnos). Pero lo que odio
aún más es cuando la profe dice:
—Matheo, a la pizarra. Ahora.
Ese soy yo: el que siempre intenta hacerse
invisible en ese momento. Nunca funciona. Jamás
lo consigo. Y tampoco conozco a nadie que haya
podido.
Mi tío dice que, si supiera algo de física cuántica,
quizá sería posible. Y se pone a hablar de
partículas y de un experimento con un gato de un
señor con un nombre muy raro, Schrödinger, o
algo así.
Yo asiento como si me enterara de algo, pero no,
ni de lejos. En mi cabeza estoy gritando: ¡Qué soy
tu sobrino! ¡Qué estoy en primaria!
Mi tío no quiere que use su nombre real. Dice que
la fama no va con él. Quiere que le llame “X”, que
suena a código secreto… Pues vale. A partir de
ahora será mi tío X. Me cae genial.
Pero si hablo de él, también tengo que hablar de mi tía Elisa.
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(la historia continúa en el libro)
(Leer el capítulo completo de "Números Pizza.Sí... la mejor clase de mates de mi vida")