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Mi cerebro se convierte en una batidora: todo
dando vueltas a lo loco y sin botón de apagar.
Ahí es cuando la profe dice:
—Tranquilo. Usa una estrategia. No vayas a lo
loco.
Sí, claro… como si fuese tan fácil.
Pero ¿sabes qué? En fútbol usamos estrategias
todo el tiempo: para defender, atacar, tirar las
faltas, lo que sea. En kendo también: bajo la
guardia a propósito… ¡y zas!, sorprendo al otro con
un ippon.
Hasta mi madre tiene estrategias. Es súper lista.
Cuando era pequeño, me negaba a comer fruta y
decía:
—¡No lo voy a hacer, y no puedes obligarme!
Pero ella sabía que yo estaba aterrorizado de los
vampiros. Así que me dijo:
—A los vampiros les da asco la fruta. Si tu sangre
sabe a fruta, no te morderán.
¿Adivinas quién se empachaba de peras y
melones? Exacto, yo. ¡El niño más protegido
contra Drácula de todo el barrio!
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Pero si era algo con azúcar, rapidamente me
advertía:
—Cuidado con ese pastel, Matheo… a los vampiros
les encanta el azúcar. La sangre dulce es su
favorita.
Y yo, tonto de mí, me comía un trocito
pequeñísimo y luego me tapaba el cuello. Por si
acaso.
Cuando llegó la consola, mi mamá cambió de
estrategia. Básicamente vino con un cartel gigante
que decía: “La herramienta perfecta para padres
que quieren que sus hijos se porten bien.”
Y sí, normalmente funcionaba.
Pero yo también tenía mis trucos. ¿No quería
compartir las chuches? Fácil: las desenvuelvo, las
chupo y luego pregunto:
—¿Alguien quiere?
Nadie quería nunca. Misión cumplida.
Pero sé lo que estás pensando:
“¿Estrategias para mates? ¿Este muchacho no
sabe que existe la IA?”
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Claro que lo sé. Y se lo dije a la profe. Se sonrió y
me dijo:
—Matheo, ¿quién te arregla los pinchazos de tu
bici?
—Pues mi abuelo, ¿quién va a ser? —respondí—.
Solo tengo que decírselo y en dos minutos la tengo
arreglada. Y ya está. Y si se vuelve a pinchar, pues
la arregla otra vez.
—Eso mismo es lo que pasa cuando dejas que la IA
haga tus mates —dijo la profe—. Otro te arregla el
problema, pero tú no aprendes nada.
Pues es verdad.
La profe nos dijo que, para resolver un problema,
lo primero es leerlo. Pero ojo, no de cualquier
manera: despacio, sin prisa, sin el turbo.
Ella nos dice que no hay premio por terminar el
primero. Y que, si hace falta, lo leamos otra vez, y
otra… porque si no entiendes la pregunta,
tu cerebro te dice:
—¡No lo voy a resolver, y no puedes obligarme!
Vaya, esa frase me suena.
¿El siguiente paso? Pensar.
Creo que sé lo que es. En mi casa tenemos el
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(la historia continúa en el libro, fin del preview)
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