Tienes once dedos…

pero no lo sabes.


—Matheo, te voy a contar algo que solo saben los

mayores. Es top secret. No se lo puedes decir a

nadie, ni siquiera a tus colegas.

Esto me lo dijo un día mi Tío X mientras

jugábamos a la consola (no puedo decir la marca,

el Tío X siempre dice: “¡Nada de anuncios

gratis!”).

Me miró tan serio que no supe qué contestar, así

que dije:

—Vale, vale.

Y siguió:

—Matheo, siempre has pensado que tenemos diez

dedos entre las dos manos… pero no es verdad. En

realidad tenemos once.

—Sí, sí… ¡seguro! Me estás vacilando —le

respondí.

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El Tío X sonrió y añadió:

—Qué va, nada de eso. Vamos a contarlos. Fíjate

bien.

Y en vez de contar del uno al diez, empezó al revés,

como en la cuenta atrás de un cohete antes de

despegar.

Levantó el pulgar de una mano y dijo:

—Diez.

Luego el índice:

—Nueve.

El corazón:

—Ocho.

El anular:

—Siete.

El meñique:

—Seis.

Y entonces añadió:

—Ahora súmale 5, que son los cinco dedos de la

otra mano: 6+5=11. ¡Y ya está, once! ¿Lo ves?

¡Tengo once dedos!

Me quedé sin palabras. Completamente en blanco.

Como en clase cuando la profe me pregunta.

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Y lo probé con mis dedos: 10, 9, 8, 7, 6… luego

sumé 5, por mis cinco dedos de la otra mano…

¡Pum! Once.

¡Tenía once dedos!

¿Sería un extraterrestre? ¿Un mutante?

Volví a casa dando saltos, contando mis súper-

dedos una y otra vez, igual que me enseñó el Tío X.

Cuando llegué, no había nadie. Mi hermano

estaría por ahí haciendo alguna tontada, y mis

padres seguían en el trabajo.

Me aburría. Sin nadie a quien chinchar. Y me puse

a trastear con la caja de herramientas de mi padre.

Encontré una arandela metálica pequeña y me

imaginé que era un anillo mágico. Intenté

ponérmelo en un dedo, pero no entraba. Empujé y

empujé… hasta que por fin se deslizó.

Estuve un rato jugando a ser un pirata con poderes

mágicos, navegando los mares y buscando una isla

para esconder mi tesoro.

Luego me aburrí e intenté quitarme la arandela…

pero no salía. Tiré con todas mis fuerzas —nada.

Probé otra vez —nada. El dedo empezaba a

ponerse rojo, como un tomate. Una más —seguía

atascada.

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Me entró un poco de miedo.

Y pensé:

—Genial, Matheo. Ahora van a tener que cortarte

el dedo. ¡Puff!

La había liado parda

Estaba tan feliz con mis once dedos… y ahora iba a

perder uno y volver a tener diez. Otra vez un niño

normal. ¡Menudo rollo!!

Mi aventura pirata se convirtió en misión de

emergencia. Entonces oí abrir la puerta… Era

mamá.

Me miró y preguntó:

—Matheo, ¿por qué escondes la mano?

Le enseñé la arandela atascada en mi dedo y le

solté:

—Mamá, ¿me lo van a tener que cortar? ¿Dolerá?

¿Me crecerá otra vez, como la cola de una

lagartija? ¿O peor… como un dedo zombi?

Ella dijo:

—Ay, Matheo… ¡qué cosas se te ocurren!

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Me llevó al fregadero, me agarró la mano, echó un

poco de jabón… y la arandela salió sola.

¡Uf, qué alivio!

¡Vaya día!

Me levanté con diez dedos, luego tuve once, y casi

acabo de nuevo con diez.

Unos días después me enfadé con mi hermano

(como siempre) y le solté:

—Qué pena, Don Listón, yo tengo once dedos… ¡y

tú no!